Tres generaciones. Un mismo oficio.
ORVANO no empezó en una oficina ni con un plan de negocio. Empezó en un banco de trabajo de madera, bajo una lámpara de brazo, con una lupa de relojero encajada en el ojo.
El abuelo
Nuestro abuelo abrió su pequeño taller de relojería a finales de los años sesenta, en un local de apenas veinte metros cuadrados. Reparaba lo que llegaba: relojes de bolsillo heredados, cronógrafos de los que volvían del servicio militar, el reloj de boda que alguien había dejado caer. Tenía una regla que repetía a todo el que entraba: «Un reloj no se vende, se confía». Si no podía dejarlo perfecto, no lo devolvía. Y si el cliente no podía pagar ese mes, el reloj esperaba en el cajón, con su nombre escrito a lápiz.
El padre
Nuestro padre creció entre muelles, ruedas de escape y el olor del aceite de relojería. Heredó el taller y le añadió lo que su generación pedía: además de reparar, empezó a seleccionar y vender relojes. Viajaba a ferias, comparaba movimientos, rechazaba lotes enteros por un acabado que no le convencía. De él aprendimos a mirar un reloj por dentro antes de mirarlo por fuera.
Nosotros
Somos la tercera generación. Cerramos la persiana del local, pero no el oficio: lo llevamos a internet para que cualquier persona, en cualquier punto de España, pueda tener en la muñeca un reloj elegido con el mismo criterio con el que nuestro abuelo revisaba cada pieza. Seguimos abriendo cada reloj antes de enviarlo. Seguimos respondiendo nosotros mismos a cada correo. Y seguimos creyendo que el lujo de verdad no hace ruido: se reconoce por la presencia, el oficio y la intención.
Lo que te prometemos
- Selección honesta: solo vendemos relojes que llevaríamos nosotros.
- Revisión antes del envío: cada pieza pasa por nuestras manos.
- Precio justo: calidad de relojería sin el sobreprecio de la vitrina.
- Trato de familia: 30 días para devolver, 1 año de garantía y una persona real al otro lado del correo.
ORVANO — Dueño de tu tiempo.